Abrir el cofre y ponerle palabras a la historia dolorosa de la que hace parte nuestra existencia, experiencia de vida, no es situarnos necesariamente como víctimas,
es reconocer-nos como existencias históricas, situar ciertos traumas y horrores en el contexto que sucedieron, des-personarlizarlo a la vez siendo tan personal,
transpersonalizarlo,
develar que nuestra vulnerabilidad ha sido valiente y lo sigue siendo, pues construir relatos donde hemos sido dañadxs en nuestros prropios cuerpos, así como a las comunidades de las que hacemos parte, requiere mucho valor y fuerza.
Y dentro de esa fuerza está también el lidiar con ese lugar tan desagradable de ‘víctima’, y ejercitar el cuero la sangrre y los huesos para ir más allá de ello.
Más allá de la vergüenza colonial que se nos incrustó en la educación y el miedo a no ser buenas, a ser incómodxs o molestxs.
Abrazo que hemos puesto sollozo carcajada gemido donde ha habido silenciamiento.
Y hemos honrado el silencio cuando alrededor sólo hay ruido moralino.

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